El fuego puede servir como un ejemplo del desarrollo y el polimorfismo
de la Cultura.
La Naturaleza se ofrece al hombre como una realidad fundamental de
tierra, aire y agua, cuyas variantes son expresiones de un poder superior a
cualquier otro.
Los sismos y deslizamientos de tierras, los huracanes y tornados, las
tempestades, inundaciones y avalanchas, nos recuerdan que nuestro astro vive y
con él vivimos nosotros.
En un punto de esa Naturaleza misteriosa en que alternan los árboles y
las aves, la variedad de las plantas, los montes, las fuentes y los ríos,
irrumpe de pronto el fuego como un fenómeno ajeno a esa realidad, indomable y
terrible, capaz de devorar bosques enteros y de convertir en cenizas el menor
vestigio de vida.
El hombre primitivo se sintió, seguramente, aterrado ante este monstruo
desconocido y sólo atinó a huir de él y ponerse a buen recaudo.
La repetición del fenómeno lo condujo a la observación a prudente
distancia y, en el mundo mágico de entonces, lo vio como la manifestación de un
dios o dios mismo.
El fuego suscita así un sentimiento religioso y encuentra en la
mentalidad primitiva, proclive al mito y al animismo, un campo propicio.
Sin embargo, los incendios no son frecuentes y a veces surge una llama
que serpea sin elevarse demasiado, disminuye y muere.
El hombre termina por dominar su terror y, poco a poco, va
familiarizándose con ella, aunque el mito siga dominando su mundo y el temor y
la reverencia continúen dentro de él.
El asombro culmina cuando ocurre un hecho extraordinario.
Alguien frota rápidamente dos maderos y esa fricción, como si fuese un
hechizo, produce una llama. El fuego, ese prodigio, ese don divino, se ha hecho
presente allí como el Genio de Aladino cuando frotó la lámpara maravillosa.
Es un nuevo poder para el hombre, un poder increíble. La operación se
repite y el efecto es el mismo, hasta convertirse en un acto habitual y un
recurso al que se acude con frecuencia.
Así, el fuego, aunque es mirado todavía como un don divino, está ya en
manos del hombre que puede encenderlo, mantenerlo en cierta medida y apagarlo a
voluntad. Aún más: puede utilizarlo para disfrutar de la luz y el calor, para
ahuyentar a las fieras y, más adelante, para cocer los alimentos y procurarse
vasijas.
Desde épocas lejanas y aun cuando surgen las altas culturas, el fuego
es mirado como una revelación de la divinidad, como una fuerza de purificación
o como un símbolo de integración humana.
Se rinde culto al fuego sagrado, hasta el punto que los sacerdotes
persas debían evitar que su aliento contaminase la llama.
En la India, el brahmán cuida del hogar y alimenta la llama con la leña
de árboles escogidos especialmente para este servicio. El fuego (Agni) es una
divinidad. Se le rinde culto y se invoca su protección y su ayuda: «¡Oh, Agni,
tú eres la vida, tú eres el protector del hombre! Que goce largo tiempo de la
luz y que llegue a la vejez como el sol al ocaso».
En Grecia, Prometeo es encadenado a una roca por el delito de haber
hurtado el fuego de Zeus para sí y para los hombres.
«Oh divino éter y alígeras auras y fuentes de los ríos, y perpetua risa
de las marinas ondas, –clama Prometeo en la Tragedia de Esquilo– y tierra,
madre común, y tú, ojo del Sol omnividente: ¡yo os invoco!... Tomé en hueca
caña la furtiva chispa, madre del fuego; lució, maestra de toda industria,
comodidad grande para los hombres; y de esta suerte pago la pena de mis
delitos, puesto al raso y en prisiones».
En Grecia y en Roma, el fuego se identifica con el hogar. «En las casas
de los griegos y romanos –dice Fustel de Coulange– había un altar en el cual
tenían siempre un poco de ceniza y unos carbones encendidos. Era obligación
sagrada para el jefe de la casa conservar el fuego día y noche... El fuego no
cesaba de brillar en el altar sino cuando la familia había perecido totalmente:
hogar extinto y familia extinguida eran expresiones sinónimas entre los
antiguos»(41).
Sin embargo, el fuego del hogar no es el que se utiliza en la tarea
común, es puro y casto. Es, dice Coulange, «una especie de ser moral». Y
agrega: «Se le diría hombre, pues posee del hombre la doble naturaleza:
Físicamente resplandece, se mueve, vive procura la abundancia, prepara la
comida, sustenta el cuerpo; moralmente, tiene sentimientos y afectos, concede
al hombre la pureza, prescribe lo bello y lo bueno y nutre el alma».
La difusión del Cristianismo, a la caída del Imperio Romano, promovió
una revolución cultural que es, sin duda, la más profunda de las revoluciones.
El fuego perdió gran parte de su poder misterioso, de su identidad con el hogar
y de su capacidad de seducción reverencial, pero se recurrió a él en numerosas
oportunidades y por diversos motivos.
Sir James Georges Frazer nos habla de «la costumbre de encender fogatas
el primer domingo de Cuaresma en Bélgica, el norte de Francia y muchas partes
de Alemania». «La costumbre, en Francia, de llevar hachones de paja encendidos,
el primer domingo de Cuaresma, por entre los huertos y sembrados para fertilizarlos»
o la reavivación del fuego en víspera de Pascua Florida, las hogueras de Pascua
en Alemania, los fuegos de Beltane en Escocia, las hogueras la víspera de San
Juan, los fuegos de medio verano en la Alta Baviera, Dinamarca y Noruega,
Austria, Prusia y Lituania, Bretaña. «Cuando las llamas están ya moribundas
toda la reunión se arrodilla alrededor de la hoguera y un anciano reza en alta
voz. Después, todos se ponen de pie y dan tres vueltas en círculo al
fuego»(42).
La fiesta de Halloween (día todo sagrado), el 31 de octubre, es una de
las fiestas célticas, la otra es la noche de Walpurgis, un día de mayo, tienen
al fuego como un símbolo y como una fuerza protectora. En muchos países de
Europa se recurre al «fuego de auxilio» o «fuego vivo», cuando se sufren
angustia y calamidades. En todos los casos o en la mayor parte de ellos ha
habido un ritual en relación con el fuego.
«En la credibilidad popular –dice Frazer– la influencia aceleradora y
fertilizante de las hogueras no está limitada al mundo vegetal; se extiende
también a los animales. Además, hay señales evidentes que aún la fecundidad
humana se le supone promovida por el calor cordial de los fuegos».
En todo caso, si bien el fuego se desborda en incendios provocados o
espontáneos, es siempre un compañero inseparable del hombre, un servidor
atento, un brote cálido y luminoso de la Naturaleza que crepita en las
chimeneas y difunde una onda amorosa, una fuente de luz en las bujías que se
llevan consigo para alejar las sombras, para leer en las noches y escribir y
acompañarse cuando no hay otro recurso a la mano y la soledad se ha instalado
entre nosotros.
Aquello que empezó como un descubrimiento, que se erigió luego como una
divinidad y mantuvo su jerarquía, aun cuando fue utilizado ya en diversos
menesteres, se extendió por el mundo y allí donde hubo un hombre hubo también
el fuego.
De la cocción primitiva de la carne, producto de la caza, se fue
pasando lentamente a la utilización, cada vez más amplia, de diversos ingredientes,
con los cuales fue surgiendo en cada pueblo de la Tierra, una increíble
variedad de viandas, de formas, de costumbres y hasta de una suerte de
ceremonias en algunos casos que no habrían sido posibles sin el desarrollo de
un arte que alcanzó, en más de un país, un grado alto de perfección, hasta el
punto de que el refinamiento de su cocina fue la expresión del refinamiento de
su cultura.
Aquello que había empezado con la exposición de una presa al fuego,
alimentado por leña, se convirtió a la larga en tarea exigente y ardua de chefs
y pinches de cocina, en deleite de gourmets, en eje de reuniones sociales, en
ceremonias de gobernantes, en el refinamiento culinario de Francia y China y,
como culminación, en la sapiencia gastronómica y el buen decir de
Brillat-Savarin en su obra Fisiología del Gusto.
Los minerales a flor del suelo o en las entrañas de la Tierra,
permanecían intocados. El hombre primitivo tenía bastante tarea con proveer de
alimentos, protegerse de la interperie y defenderse de las fieras.
Sin embargo, alguien observó una veta o encontró un trozo brillante que
recogió con sorpresa y temor, y guardó como una reliquia.
Es probable que, por una de esas coincidencias a la que debe tanto el
avance de la cultura, un trozo de mineral haya caído junto al fuego, con un
hecho asombroso como resultado: la conversión de una parte de ese trozo duro en
líquido ardiente que hubo de solidificarse y mostrarse puro.
A la sorpresa inicial tenía que surgir la repetición de ese contacto
con el mismo resultado. En ese momento nacía un nuevo poder para el hombre. Un
poder formidable.
Al principio se trabajó con metales de manipulación relativamente
fácil, como el cobre, el plomo, la plata y el oro. La aleación es ya un arte
que revela el ingenio de sus autores.
El bronce marca un capítulo importante de la Historia.
En la cultura clásica, Vulcano (Hefestos) es el dios del fuego y del
metal porque, en cierto modo, el metal es un don del fuego.
En la Ilíada, la diosa Tetis acude a él en pos de una armadura para su
hijo. I «el divino cojo» puso al fuego lingotes de oro, bronce, estaño y plata;
puso en el tajo un formidable yunque y empuñó luego el martillo con una de sus
manos y con la otra las tenazas, dando así principio a un escudo enorme y
recio, de rica y deliciosa factura con triple canefa, fúlgida y deslumbrante y
provisto de una magnífica abrazadera de plata.
Es interesante observar que, en un determinado momento, surge algo más
que las herramientas y los utensilios: el adorno. A la utilidad primaria se
añade la afición por la simple apariencia de las cosas. La técnica alcanza la
jerarquía de una de las bellas artes y la orfebrería se prodiga en joyas que se
asocian a la divinidad y el poder y, con el paso del tiempo se extienden a
capas sociales cada vez más amplias, hasta llegar al hombre común.
La utilización del hierro marcó un paso gigantesco que fue la
iniciación de una nueva era.
Por supuesto, el fuego es el actor principal en todos los casos, y
aquello que comenzó con el taller de carbón, fuelle, yunque y martillo,
culmina, a la larga, en los altos hornos y el acero, alimenta una gran
industria y esparce sus productos por los cuatro rincones de la Tierra.
Cuando el barro se aproxima al fuego, se torna duro e impermeable. Nace
entonces la cerámica. Las vasijas irrumpen en el mundo de los utensilios, las
formas varían en cada caso y el afán de perfeccionamiento culmina en el ánfora
griega, en los jarrones chinos, en los ceramios nazcas y en el arybalo incaico,
como la perfección de la forma.
Por la obra de la casualidad, el fuego se pone en contacto con la arena
y residuos de cal y ceniza y el resultado es algo nuevo, brillante y
transparente, una suerte de «líquido detenido» o un paradójico sólido fluido
con el que empieza una inagotable producción de objetos cada vez más útiles y
bellos.
De otro lado, la reverencia ante los fenómenos o las cosas se traducen
en formas concretas de adoración y nace el culto, tema que nos lleva a tratar
otros asuntos propios de la Cultura.
Se necesita, además, un intermediario entre los dioses y los hombres,
dotado de poderes especiales, y surge el brujo. Hay que aplacar también a las
divinidades o pedirles un beneficio o manifestarles respeto y acatamiento, todo
lo cual es posible por medio de sacrificios de hombres y animales.
No hay mayor exigencia para el hombre primitivo que sus necesidades ni
otro móvil que el de la utilidad inmediata. Aun los admirables dibujos de
animales que adornan las paredes de algunas cavernas como la de Altamira en
Santander tenían, probablemente, el propósito de aprehender al animal elegido
como modelo, merced a su representación, como ya lo ha dicho más de uno, entre
ellos Lukacs, mas no se puede negar que dio cima a su tarea con una obra
perfecta, la mano de un artista, sea cual fuere la intención que lo animara.
Por encima de parcelas y de momentos históricos, de estructuras
sociales y sistema políticos, de ideologías y doctrinas, ese mundo humano se
amplía y enriquece. La línea que va de la mentalidad primitiva al pensamiento
de Platón y Aristóteles, de Hegel y Kant; de la caverna al Partenón y las
catedrales góticas; del arte rupestre a la obra de Miguel Angel y Leonardo; del
carromato al jet y el trasbordador espacial; de la aplicación del vigor
muscular a la energía atómica, no es la historia de sucesos y personajes, de
rivalidades y guerras, de tal o cual pueblo: es la historia de la cultura y,
por serlo, es la historia de la humanidad.

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